Es uno de los últimos grandes actores de
la edad de oro del teatro peruano. Conversar con él es
destejer una red de recuerdos, confesiones y sutiles ironías.
Edgard Guillén sigue actuando (aunque muchos no lo sepan) y
sigue siendo el provocador de siempre. Solo que ahora,
desilusionado de la magia del teatro, cierra cada una de sus
actuaciones pasando el sombrero entre los asistentes.
No hay nada más íntimo que el lugar donde
uno duerme. Donde descansan nuestros rasgos personales, sueños
y, a veces, alguna derrota. Donde compartimos con los más íntimos
minutos, horas y hasta años de vida. Donde, finalmente, somos
lo que somos y nada más.
Y el del actor Edgard Guillén no es la
excepción. Su cama está cubierta por una fina tela con
dibujos de la India. Sobre la cabecera, un estante guarda una
hilera de libros, de sus autores preferidos –Tennessee
Williams, William Shakespeare, Antón Chejov–. A un lado, en
el piso, está el hogar de su perro Osito y la luz artificial
que inunda su habitación son tres focos unidos, de esos que
se usan en escenarios. Y, como mirándolo, una foto de Sai
Baba colgada sobre una pared.
"Alguien dijo que yo había traído el
teatro a mi casa y, de pronto, tal vez soy un personaje que
duerme acá. Sai Baba llegó a mi vida también por un viejo
amigo. Él dice que hay que empezar el día con amor,
continuar con amor y terminar con amor", explica con
emoción.
De otro estante, Guillén desempolva algunos
álbumes de fotos. Pasa las hojas y pasan las experiencias
profesionales. Haciendo un balance, tiene 45 años en el mundo
del teatro y pronto cumplirá 68 años de vida. Edad en la que
muchos trabajadores se jubilan. Pero él continúa en su
oficio. Sucede que, desde diciembre de 1993, cansado de
solicitudes burocráticas destinó la sala de su hogar para
hacer teatro. Empezó con "Carnet de identidad"
luego vinieron "Chejov", "Verano y
Williams", "Emily", "La voz humana",
"La locura de la señora Bright", "Ricardo
III" y "Fausto" que empieza su sexto año.
"Mi vida ha sido un poco de tragedia y
comedia. Ahora vivo un momento interesante, soy muy consciente
de que he perdido la capacidad de soñar porque me caí de la
cama. Hacer teatro en el Perú es muy duro, pero dentro de
todo este panorama encontré mi salida: el teatro unipersonal
en mi casa", puntualiza.
Su público es heterogéneo: universitarios,
amas de casa, escolares, ancianos, "yo les digo que no
cobro porque, si lo hiciera ,no vendría nadie, y prefiero
luego asaltarlos con el sombrero", añade.
En Europa
A los 18 años Guillén ingresó a Medicina, a
San Marcos, pero les dijo a sus padres que no había ingresado
y se inscribió en la Escuela de Teatro de esta universidad.
En 1961 viaja a Europa, donde permanece cinco años. Durante
este tiempo conoce España, Holanda, Alemania, Bélgica,
Inglaterra y Francia. Por una ruptura amorosa, viviendo en los
Países Bajos, regresa al Perú y sin perder tiempo forma la
compañía "Pequeño Teatro".
"En la década del 60 había once
teatros. Las funciones eran de martes a domingo con lleno
total. Ahora ninguna funciona porque el gobierno no entiende
que la cultura es una inversión en términos económicos",
reclama.
Además de actor ha sido director teatral de
varias obras y tiene un récord de asistencia a festivales
teatrales en varios países: Argentina, Venezuela, EEUU,
Brasil, Paraguay, España, Portugal.
Ser homosexual
En la sala de su casa, que funciona los sábados
y domingos como teatro, recuerda que fue el primer actor en el
Perú que trató el tema homosexual en las tablas.
La primera obra fue "Ejercicio para cinco
dedos", que se hizo en La Cabaña. Luego –tal vez no en
el orden cronológico pero sí como lo recuerda Guillén–
vinieron "El pequeño adulto", "Los muchachos
de la banda", "Greta Garbo, quién diría vive en un
cuchitril", "La escalera", "El amor del
otro lado", "La locura de la señora Bright",
"El amor entre los unos y los otros" y
"Domestic Shakespeare".
"Un día me preguntaron qué opinaba del
homosexualismo y contesté que ser homosexual en el Perú y
hasta en el ultimo rincón del mundo es vivir una de las
tantas versiones del amor. Así de simple", dice.
Atrás la magia
Cerca de su habitación, en un estante hay
varias películas en DVD. Entre los clásicos del cine hay
varios musicales hindúes.
"Son extraordinarios y son excelentes
bailarines. Y tengo mis favoritos, como Shahrukh Khan, que es
un peruano más, como un Reynaldo Arenas joven, cantando y
bailando. Me hace acordar al Hollywood de los años 50",
confiesa.
Es que ahora Guillén hace cosas que durante
muchos años no pudo hacer por el teatro. Tal vez por el
respeto a ese misticismo teatral que le enseñó su maestro
Luis Álvarez.
"Antes, desde que me levantaba, mi vida
giraba en función de la función nocturna. Era un fanatismo
total. Luego de la depresión empecé a vivir otras cosas.
Esta me llegó trabajando en el Cusco, haciendo
"Fausto", pero continué y la traté a tiempo pero
deja huellas", añade.
Según él, la magia del teatro se ha ido y
solo vuelve cuando actúa, cuando apaga las luces y se dirige
al público.
Amiga soledad
"Pasé una época muy difícil, me volví
un huraño y no quería que me entrevisten", precisa y
sonríe, dándonos su venia.
Ahora estamos en su cocina. Decorada con
varios cuadros en las paredes, perfectamente organizados. Se
distinguen los dos retratos que le hizo el pintor Víctor
Humareda y retratos que él mismo ha hecho de amistades.
"Hace poco leí el ensayo de Bryce,
"Entre la soledad y el amor", y me descubrí.Finalmente
creo que somos solos por naturaleza. He llegado a esa conclusión,
porque naces solito y mueres solito", comenta.
Tal vez un reflejo de esta soledad es el
desprendimiento de ciertos objetos personales. Guillén ha ido
regalando sus máscaras favoritas, su colección de libros y
los antiguos trajes de sus obras.
"En contra de todo el mundo que acuna
libros yo los suelto. Pero claro que no voy a regalar a
Shakespeare que es como mi Biblia. Los trajes ya eran
pellejos, pieles que quedaron flotando de mis presentaciones.
Y las máscaras son las caras que a veces nos ponemos. De
pronto uno no quiere ser descubierto en determinada actitud y
te muestras de otra manera", dice.
Luego de haber vivido tramos luminosos y también
oscuros, el maestro Guillén, con sus expresivos ojos arequipeños,
con un manto de canas y sin impostar, con su voz natural,
revela que está viviendo en un gris claro.