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   El hombre del sombrero

 Por Luis Arriola.        Fotos: Claudia Alva.

 
 
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Es uno de los últimos grandes actores de la edad de oro del teatro peruano. Conversar con él es destejer una red de recuerdos, confesiones y sutiles ironías. Edgard Guillén sigue actuando (aunque muchos no lo sepan) y sigue siendo el provocador de siempre. Solo que ahora, desilusionado de la magia del teatro, cierra cada una de sus actuaciones pasando el sombrero entre los asistentes.

No hay nada más íntimo que el lugar donde uno duerme. Donde descansan nuestros rasgos personales, sueños y, a veces, alguna derrota. Donde compartimos con los más íntimos minutos, horas y hasta años de vida. Donde, finalmente, somos lo que somos y nada más.

Y el del actor Edgard Guillén no es la excepción. Su cama está cubierta por una fina tela con dibujos de la India. Sobre la cabecera, un estante guarda una hilera de libros, de sus autores preferidos –Tennessee Williams, William Shakespeare, Antón Chejov–. A un lado, en el piso, está el hogar de su perro Osito y la luz artificial que inunda su habitación son tres focos unidos, de esos que se usan en escenarios. Y, como mirándolo, una foto de Sai Baba colgada sobre una pared.

"Alguien dijo que yo había traído el teatro a mi casa y, de pronto, tal vez soy un personaje que duerme acá. Sai Baba llegó a mi vida también por un viejo amigo. Él dice que hay que empezar el día con amor, continuar con amor y terminar con amor", explica con emoción.

De otro estante, Guillén desempolva algunos álbumes de fotos. Pasa las hojas y pasan las experiencias profesionales. Haciendo un balance, tiene 45 años en el mundo del teatro y pronto cumplirá 68 años de vida. Edad en la que muchos trabajadores se jubilan. Pero él continúa en su oficio. Sucede que, desde diciembre de 1993, cansado de solicitudes burocráticas destinó la sala de su hogar para hacer teatro. Empezó con "Carnet de identidad" luego vinieron "Chejov", "Verano y Williams", "Emily", "La voz humana", "La locura de la señora Bright", "Ricardo III" y "Fausto" que empieza su sexto año.

"Mi vida ha sido un poco de tragedia y comedia. Ahora vivo un momento interesante, soy muy consciente de que he perdido la capacidad de soñar porque me caí de la cama. Hacer teatro en el Perú es muy duro, pero dentro de todo este panorama encontré mi salida: el teatro unipersonal en mi casa", puntualiza.

Su público es heterogéneo: universitarios, amas de casa, escolares, ancianos, "yo les digo que no cobro porque, si lo hiciera ,no vendría nadie, y prefiero luego asaltarlos con el sombrero", añade.

En Europa

A los 18 años Guillén ingresó a Medicina, a San Marcos, pero les dijo a sus padres que no había ingresado y se inscribió en la Escuela de Teatro de esta universidad. En 1961 viaja a Europa, donde permanece cinco años. Durante este tiempo conoce España, Holanda, Alemania, Bélgica, Inglaterra y Francia. Por una ruptura amorosa, viviendo en los Países Bajos, regresa al Perú y sin perder tiempo forma la compañía "Pequeño Teatro".

"En la década del 60 había once teatros. Las funciones eran de martes a domingo con lleno total. Ahora ninguna funciona porque el gobierno no entiende que la cultura es una inversión en términos económicos", reclama.

Además de actor ha sido director teatral de varias obras y tiene un récord de asistencia a festivales teatrales en varios países: Argentina, Venezuela, EEUU, Brasil, Paraguay, España, Portugal.

Ser homosexual

En la sala de su casa, que funciona los sábados y domingos como teatro, recuerda que fue el primer actor en el Perú que trató el tema homosexual en las tablas.

La primera obra fue "Ejercicio para cinco dedos", que se hizo en La Cabaña. Luego –tal vez no en el orden cronológico pero sí como lo recuerda Guillén– vinieron "El pequeño adulto", "Los muchachos de la banda", "Greta Garbo, quién diría vive en un cuchitril", "La escalera", "El amor del otro lado", "La locura de la señora Bright", "El amor entre los unos y los otros" y "Domestic Shakespeare".

"Un día me preguntaron qué opinaba del homosexualismo y contesté que ser homosexual en el Perú y hasta en el ultimo rincón del mundo es vivir una de las tantas versiones del amor. Así de simple", dice.

Atrás la magia

Cerca de su habitación, en un estante hay varias películas en DVD. Entre los clásicos del cine hay varios musicales hindúes.

"Son extraordinarios y son excelentes bailarines. Y tengo mis favoritos, como Shahrukh Khan, que es un peruano más, como un Reynaldo Arenas joven, cantando y bailando. Me hace acordar al Hollywood de los años 50", confiesa.

Es que ahora Guillén hace cosas que durante muchos años no pudo hacer por el teatro. Tal vez por el respeto a ese misticismo teatral que le enseñó su maestro Luis Álvarez.

"Antes, desde que me levantaba, mi vida giraba en función de la función nocturna. Era un fanatismo total. Luego de la depresión empecé a vivir otras cosas. Esta me llegó trabajando en el Cusco, haciendo "Fausto", pero continué y la traté a tiempo pero deja huellas", añade.

Según él, la magia del teatro se ha ido y solo vuelve cuando actúa, cuando apaga las luces y se dirige al público.

Amiga soledad

"Pasé una época muy difícil, me volví un huraño y no quería que me entrevisten", precisa y sonríe, dándonos su venia.

Ahora estamos en su cocina. Decorada con varios cuadros en las paredes, perfectamente organizados. Se distinguen los dos retratos que le hizo el pintor Víctor Humareda y retratos que él mismo ha hecho de amistades.

"Hace poco leí el ensayo de Bryce, "Entre la soledad y el amor", y me descubrí.Finalmente creo que somos solos por naturaleza. He llegado a esa conclusión, porque naces solito y mueres solito", comenta.

Tal vez un reflejo de esta soledad es el desprendimiento de ciertos objetos personales. Guillén ha ido regalando sus máscaras favoritas, su colección de libros y los antiguos trajes de sus obras.

"En contra de todo el mundo que acuna libros yo los suelto. Pero claro que no voy a regalar a Shakespeare que es como mi Biblia. Los trajes ya eran pellejos, pieles que quedaron flotando de mis presentaciones. Y las máscaras son las caras que a veces nos ponemos. De pronto uno no quiere ser descubierto en determinada actitud y te muestras de otra manera", dice.

Luego de haber vivido tramos luminosos y también oscuros, el maestro Guillén, con sus expresivos ojos arequipeños, con un manto de canas y sin impostar, con su voz natural, revela que está viviendo en un gris claro.

Diario la Republica